jueves, 9 de octubre de 2008

La devastación


El cambio climático entendido como la consecuencia directa y absoluta del modo de organización económica, social y política que rige al Mundo: el capitalismo. Capitalismo salvaje que ya no le basta con expoliar al Hombre, ahora también debe depredar a la Tierra: su voracidad incontenible de lucro y su contra cara, el consumismo desenfrenado, están agotando valiosísimos recursos y contaminando al medio ambiente de un modo irreversible. Tal vez haya llegado la hora de discutir este tema atendiendo a sus causas profundas, y no quedarnos en las medidas paliativas de superficie, que son las que se han ensayado hasta el presente. Si conseguimos hacerlo a tiempo, las futuras generaciones, y este generoso Planeta, nos lo agradecerán eternamente.

La Fase Capitalista de la Devastación.


El cambio climático no es un problema nuevo, sin duda. Pero podríamos animarnos a decir que ha sido recién a partir del año pasado que este tema se instala definitivamente en el debate público con vida propia.

Y que sea así, es algo muy bueno.

Ahora, no podemos engañarnos, si la discusión sobre este particular ha quedado planteada, tal cosa no ha ocurrido por la voluntad manifiesta de algunos líderes “esclarecidos” (de esos que tanto abundan en las direcciones de los países del mundo desarrollado), a los que muy poco les ha importado este tema.

Más bien que si ha sido así, se ha debido a la obra de las circunstancias, y a que algunas de las catastróficas consecuencias que están ocurriendo debido a este fenómeno, se están volviendo inocultables.

En este sentido, ahí tenemos el caso de los Estados Unidos, el principal país contaminante (con más del 50% de la emisión de los gases de efecto invernadero de todo el Mundo), que hasta ahora ha tratado de evadir sus obligaciones para no dañar más al medio ambiente.

Los sucesivos gobiernos norteamericanos, tanto demócratas como republicanos, se han negado a reconocer que es “la economía más grande del Mundo” la gran causante del calentamiento global que estamos comenzando a padecer muy seriamente.

Ni siquiera se han dignado a suscribir el Protocolo de Kyoto, que a esta altura se ha convertido en un mero acercamiento al problema, porque este tratado ya ha sido ampliamente superado por las propias situaciones que intenta controlar.

Tampoco este asunto ha tomado la relevancia que hoy tiene por expresa voluntad de los grandes medios de comunicación. Seguramente, el cambio climático se ha colado de improviso en sus agendas, como un convidado de piedra, y ante el hecho consumado, las cadenas han sabido aprovecharse de él y lo han comenzado a vender como “contenido catástrofe”, que obviamente factura de maravillas.

Pedirle a estos grandes medios que creen conciencia sobre este particular, más allá de un mero “recicle el plástico” o “separe la basura orgánica de la inorgánica”, sería contravenir la esencia de los mismos, que son totalmente funcionales al sistema.

No podemos pretender, entonces, que estos multimedios globales, que se nutren a todos los niveles del capitalismo, vulneren con sus críticas al modelo (y mucho menos por un asunto tan grave como este). Modelo al que desde siempre han tratado de endiosar con todas sus fuerzas, y también, con todas sus mentiras.

Llamándole a las cosas por su nombre. Pues bien, mientras todo esto ocurre, la causa primordial que hace a este gran problema que enfrenta la Humanidad hoy y que pone en serio peligro su futuro, sigue siendo soslayado, sigue siendo dejado de lado. Los gobiernos de los países centrales y los grandes medios, no hacen más que detenerse en los síntomas de la enfermedad y recetan medidas paliativas para que todo siga como está.

Por su parte, los movimientos ecologistas no se cansan de hablar de reglamentaciones ambientales, de formas de producción amigables con la naturaleza, y muchas otras cosas por el estilo que ciertamente son necesarias, pero de ningún modo son suficientes.

No podemos seguir haciéndole el juego a los intereses dominantes sumándonos a los cambios de fachada mientras se nos cae a pedazos el resto de la casa. Ya es hora de que comencemos a llamar a las cosas por su nombre. El cambio climático es consecuencia directa y absoluta del modo de organización económica, social y política que rige al Mundo: el capitalismo. Capitalismo todopoderoso que ya no le basta con expoliar al Hombre, su voracidad también le impone la depredación de la Tierra. Claro está, hasta que de ésta nada quede.

La fase capitalista de la devastación, Naturalmente que quienes rigen al Mundo y aquellos que los sirven difundiendo el mensaje del pensamiento único que los sustenta, no dejan ni un solo día de jactarse del grado de desarrollo que ha logrado la Humanidad hasta el presente gracias a la imposición del sistema capitalista “Urbi et Orbi”.

Sin embargo, para nada se jactan de que sea este modelo, y no otro, el que condena a casi 1500 millones de hombres y mujeres (un cuarto de la población mundial) a que vivan en la más absoluta indigencia y con una esperanza de vida que no supera los 29 años. Y a 1500 millones más los relega a que padezcan la pobreza extrema, y no con muchas más esperanzas que la de los anteriores, ni de vida, ni de ninguna otra especie.

Tampoco se jactan de que sea este sistema, y no otro, el que destina millones de veces más recursos para la guerra que aquellos que serían necesarios para acabar con el hambre y las enfermedades curables que arrasan a miles de millones de pobres en nuestros días.

Pero lo mejor de todo es que detestan que a este modelo se lo califique con un adjetivo que sintetiza y define al milímetro la esencia primera y última del mismo, porque cuando hablamos de capitalismo, en cualquier lengua y en cualquier lugar del Mundo, hablamos de capitalismo salvaje. Es así de sencillo. La naturaleza misma del sistema lo vuelve ávido e insaciable, como la peor de las bestias animales tras su presa.

Ahora, lo que no hemos destacado lo suficiente, sobre todo en estos últimos años, es que el capitalismo, sin oposición ni frenos, ha ido mucho más allá, ha alcanzado un nivel superior en su evolución: a esta altura vivimos en lo que nos atreveríamos a definir como la fase capitalista de la devastación.

Sí, el capitalismo rampante de las últimas décadas ha alcanzando un estadio superior en su desarrollo, hoy ya no alcanza con explotar al Hombre, también es necesario esquilmar a la Tierra. Ese afán de lucro descomunal, de competencia feroz y de consumo desmedido que impone el sistema, que jamás se detuvo ni siquiera ante la vida humana arrasada, es el mismo que en su lógica voraz va dejando agotados, uno a uno, a todos los recursos naturales hasta que el Mundo, en sus cuatro puntos cardinales, se vuelva un páramo carente de toda forma de vida.

La nueva forma del neocolonialismo: las transnacionales. Debemos reconocerlo: el sistema capitalista se ha vuelto mucho más eficiente en estos últimos tiempos. En un principio, el modelo se aseguraba el dominio de los recursos naturales vitales mediante la conquista colonial, o los regímenes títeres que, por ejemplo, tanto padecimos en América Latina. Pero los reclamos de independencia política de los pueblos sometidos hicieron inviable estos métodos y el capitalismo cambió la estrategia: puso todo su peso en la imposición a nivel global del sistema neoliberal hasta extremos inconcebibles (muchas veces, incluso, a sangre y fuego dictaduras mediante) que luego del derrumbe del “socialismo real” tuvo todo el terreno libre a sus anchas.

A partir de allí el papel primordial en este juego lo pasaron a tener las grandes transnacionales (obviamente con todo el respaldo de los poderes centrales detrás suyo), que ante el creciente consumo y la también creciente escasez de los recursos básicos deben acceder directamente, globalización mediante, a los lugares donde éstos todavía abundan en los países del Tercer Mundo.

Y nosotros desde aquí, aún con gobiernos supuestamente “progresistas” o de “izquierda” seguimos abriendo las puertas y recibiendo con alfombras rojas a toda estas empresas multinacionales a través de la ahora “bendita” inversión extranjera que, sin ningún prurito, viene a quedarse con nuestras riquezas hasta dejarlas exhaustas.

Pero peor aún, nuestros gobiernos le brindan todo tipo de beneficios extras que ninguna de las propias empresas nacionales jamás han tenido.

Claro está, nuestros gobernantes se excusan que sólo con la inversión extranjera es posible el desarrollo. De este modo desconocen más de dos siglos de experiencias por el estilo, que lo único que han traído a nuestros pueblos es más pobreza, más atraso y más postergaciones.

Ni siquiera para las potencias económicas emergentes (China, India, Brasil) es viable un modelo de desarrollo capitalista. Hace muchos años que estas economías vienen creciendo a tasas muy altas, es verdad, pero el tan ansiado desarrollo que debe abarcar a todo el pueblo y mejorar definitivamente su forma de vida (eso es lo mínimo a lo que deberíamos aspirar en tal caso), nunca llega, ni llegará bajo este modelo. Olvidamos las enseñanzas históricas y volvemos a cometer los mismos errores.

Las cosas por las que vale la pena vivir no cotizan en ningún mercado. Obviamente la otra cara de esta moneda es el consumo desmedido que el propio sistema alienta y propicia. En este estado de cosas la población más rica del planeta despilfarra sin freno los recursos no renovables y el fin último de la propia vida pareciera que se reduce a colmar las ansias individuales con alguna cosa que tenga valor comercial.

Entonces, corresponde que nos preguntemos: ¿cuándo se va a limitar el incontrolable consumismo del Primer Mundo? Consumismo que absurdamente dilapida los cada vez más escasos recursos energéticos, a la vez que vierte a la atmósfera la inmensa mayoría de los gases de efecto invernadero.

Un sólo ejemplo. Cada año que pasa se fabrican vehículos más potentes que consumen mayor cantidad de combustible por kilómetro recorrido. Esos automóviles suelen recorrer enormes distancias a diario para transportar tan sólo a su conductor. ¿Qué se hace por evitar este insensato derroche? Absolutamente nada. Es que si algo hicieran estarían atentando contra la sacrosanta libertad de mercado, violarían la sagrada satisfacción individual del consumidor (que encontró la felicidad al conducir su mini camión en formato camioneta), y vulnerarían al inmaculado espíritu de empresa de las grandes transnacionales del automóvil y del petróleo que deben seguir facturando y aumentando sus ganancias a como dé lugar.

Lamentablemente, si seguimos siendo parte de este tipo de engranajes de consumo, aún sin quererlo y desde la oposición más férrea al sistema, mal que nos pese lo estamos convalidando, estamos siendo el vehículo de su lucro desmedido, estamos empujando por un Mundo que no es el nuestro, por un Mundo que no es el queremos para nuestros hijos.

Algún día podremos cambiar nuestra mentalidad y reformular nuestros valores. Será el día que definitivamente entendamos que los cosas por las que vale la pena vivir, son aquellas que no cotizan en bolsa ni se venden en ningún mercado. Sin demoras deberíamos empezar a predicar con el ejemplo.

No queda más, entonces, que asumir nuestras responsabilidades. Debemos ser conscientes, y más que nada, debemos crear conciencia: el reloj del Mundo se echó a andar y ya comenzó con la cuenta regresiva. Todo se lo debemos al capitalismo que nació nutriéndose de la sangre de los esclavos, de la sangre de los oprimidos, y de la sangre de los trabajadores, pero que ahora, más voraz e insaciable que nunca, además, necesita de la sangre de la Tierra, y nada va a pararlo hasta dejarla seca.

No podemos permitir que este sea el destino de nuestro Mundo. Sólo el socialismo y el Hombre Nuevo, podrán salvar al futuro de la Humanidad y también, al de su generoso suelo. Nuestros hijos y nietos se merecen un lugar más justo dónde vivir. En este Mundo, claro está, no en otro.



José Miguel García González

jomigarcia@hotmail.com

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